Marilyn Manson - Mechanical Animals

Marilyn Manson - Mechanical Animals

(Publicado originalmente en 2008)

1998. Interscope

Más de 10 años han pasado desde el notable “Mechanical Animals”, y todavía da la impresión de que nadie entendió del todo lo que Marilyn Manson quiso representar. Siendo un “agente externo” a la banda, tratar de explicarlo es cargar un peso excesivo e innecesario; a fin de cuentas, yo tampoco estoy muy seguro de haber capturado todo lo que este álbum tenía para ofrecer.

Muchos de ustedes, más de alguno enemigo del señor Manson, se preguntarán cuál es la grandeza o real relevancia de un trabajo como éste. Todos se llenan la boca hablando de los noventa, pero no es mucha la memoria que hay que hacer para llegar a la conclusión que toda esa “gloria noventera” duró dos tercios de la década, nada más. ¿Qué había de auténtico valor en el mainstream por el 98 y 99? ¿Qué musicalizaría el final del milenio? ¿Aerosmith cantando baladas? ¿Kid Rock? ¿Lenny Kravitz? ¿Limp Bizkit? ¿El “Issues” de Korn? ¿Los covers de Metallica? Por favor...

Sí, estaba Silverchair con el excelente “Neon Ballroom”, el segundo de Placebo, el amigable “Californication” de los Chili Peppers y el incendiario último capítulo de Rage Against the Machine. Pero, quizás exceptuando a RATM, el único que estuvo a la altura de la circunstancia histórica, del Y2K y de las amenazas apocalípticas fue Marilyn Manson (la banda… porque en 1998, todavía eran un colectivo). No sólo fue capaz de presentar un álbum de altísimo vuelo, representativo de años de luces y decadencia. Además fue capaz de sostener un concepto, una idea; demostró que en medio de lo patético del entorno que lo rodeaba, la música seguía siendo un forma de arte por sobre todas las cosas. Ya lo había hecho con el aún más categórico “Antichrist Superstar”, bañado en un aplastante sonido industrial. Y eso mismo hace mucho más interesante el giro que “Mechanical Animals” implicó. “Reinventarse”, le llaman algunos. Para mí, simplemente se trata de jugarse por lo impredecible, y ser exitoso en ello. Y eso sí que era extraño por aquellos años (sigue siéndolo, la verdad).

Si dije que el disco es difícil de comprender de manera absoluta, es porque tiene demasiados focos de atención. El concepto macro, de nihilismo y excesos; la dualidad de caracteres de Manson en el recorrido el álbum (Omega y él mismo, lo cual explica que el booklet pueda leerse para ambos lados) y la yuxtaposición de las mismas canciones (algunas alineadas con Omega and the Mechanical Animals, las otras con Manson); las impensadas pero exquisitas influencias musicales; los secretos que el mismo Manson escondía (como la fijación con el número 15 muy visible en el mismo booklet, o cuán autobiográficas algunas de las líricas eran); y la misma transformación de Brian Warner a una especie de extraterrestre asexuado de pelo rojo (la referencia a Ziggy Stardust es obvia).

Pero pongamos el ojo y el oído en la música. Porque en ese terreno, este LP no merece discusión. Si las temáticas de las letras coinciden todas en distintos tipos de excesos y ausencias de control, las canciones concuerdan con ello, y no escatiman en recursos y texturas para salir victoriosas. 14 canciones en una hora de música, que representan lo más estimulante e inmediato que el gran compositor de esta banda, Twiggy Ramirez, fue capaz alguna vez de engendrar. Bien apoyado por MW Gacy y Zim Zum (quien dejaría el grupo antes de la publicación del disco) en las tareas creativas, es Twiggy, y no Manson (el vocalista), quien merece todos los elogios por la nueva dirección musical.

“Mechanical” es de esos discos cuyos tracks son tan buenos como (casi todos) los singles. La excepción sería ‘The Dope Show’, una canción demasiado buena para su época, que contó con uno de los videos más hipnotizantes que recuerde (con policías gays y Manson de elegante traje rojo escotado), y tan ridículamente pegajosa que asombra.

Conducir el análisis con la evidente presencia todopoderosa de David Bowie es casi innecesario. Pero no precisamente por aquellas canciones de coloridos riffs (es más, estas canciones son, mayoritariamente, incoloras), sino por las líneas de bajo bien funky de los tres años inmediatamente posteriores a “Ziggy Stardust”.

Esa espalda rítmica se hace acompañar de retoques electrónicos (‘Great Big World’) o riffs monumentales (‘Mechanical Animals’); e independiente del recurso, las composiciones te aplastan. El track que le da nombre al álbum es una marejada de proporciones bíblicas, y es probablemente de los mejores temas de rock (así, sin apellidos) del registro de Marilyn Manson. Iluminado comienzo.

El regreso a la maquinaria pesada está con la espectacular ‘Rock is Dead’, en donde a través de la frase “God is in the TV”, Manson simboliza (y/o ridiculiza, como se quiera) su época mejor que nadie. De la resaca de ‘Disassociative’ a la fantasía cósmica de la brillante ‘Speed of Pain’, el grupo intenta transformarse entre una pista y otra, y lo consigue con escalofriante solidez. Esta última es, de hecho, una balada con todas sus letras, y son 5 sublimes minutos de anti-Manson.

La electrónica encandilante se toma ‘Posthuman’, que a cualquier creyente del Anticristo le puede sacar ronchas, con esos coros de “hey hey hey”, que parecen la promoción de un videojuego más que un tema de rock. Pero el resultado final sigue siendo victorioso. ‘I Want to Disappear’ parece la continuación de ‘Posthuman’, pero le agrega una vehemencia que da gusto.

‘I Don’t Like the Drugs But the Drugs Like Me’ es quizás la evidencia más grande a la resonancia del Bowie a la “Young Americans” que cité en un principio. Con coros femeninos incluidos. La repetición programada de ‘New Model No 15’ para ahora un recurso simple, pero en 1998 esto era todo un salto estilístico. ‘User Friendly’ también va por ahí, mezclando las dos canciones anteriores, convenciéndonos de lo bien trabajada de la “nueva” fórmula de la banda.

‘Fundamentally Loathsome’ suena aún más europeo (y es el único corte que no está la firma de Ramirez), le pone la adultez sónica al álbum, que a los dos minutos invita a la guitarra de Zim Zum, y a partir de ahí la épica se toma la canción, hasta que ésta decide autoinmolarse. Es uno de los grandes momentos del CD.

El remate llega con dos otros excelentes momentos. ‘The Last Day on Earth’ tiene toda esa angustia propia del Apocalipsis que pedíamos, gracias al teclado bien siniestro de fondo, y un coro que, otra vez, rescata la fuerza industrial que la tendencia al glam deja un poco de lado. Aunque parece obvia, después de un recorrido tan intenso y explícito, ‘Come White’ es la comatosa clausura a este cóctel vicioso, y hace aún más evidente la polvorienta sombra blanca y lluvia de pastillas que perseguía a Manson, con frases el tipo “hay algo frío y vacío detrás de su mirada” o “todas las drogas del mundo no podrán salvarla de ella misma”. Sin importar en quién y cómo Warner personifique las crisis, no hay espacio para dudas ni coberturas de inocencia. Eran, después de todo, estrellas en su propio show drogo.

No me es difícil de imaginar porqué un álbum como este puede generar tanto anticuerpo. Una altísima fracción de todo lo bueno de los últimos años del milenio pasado terminó viniendo desde propuestas lejanas al gusto del consumo masivo (System of a Down, Refused, The Hives, Rob Zombie), y en ese sentido, Marilyn Manson era lo fácil, lo desechable. Como este disco los fanáticos religiosos no lo quemarían, algunas voces se alzaron para tildar al conjunto de “vendido”. Recuerdo haber escuchado a algún amigo viudo del grunge tildar a Manson de payaso apenas se estrenó el clip de ‘The Dope Show’… Pero no, esta era una banda como no había otra, que agitó la marea en un mar de aburrimiento, y cuyo líder se probó el traje de villano cuando nadie siquiera se atrevía para hacerse el héroe.

Musicalmente, este es un trabajo para dejarse impresionar. Y sirvió para convencer a los más incrédulos de que la dupla Marilyn-Twiggy era algo más que máquinas. Muchísimo más.

Juan Ignacio Cornejo K.

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